El Jorobado de Notre Dame en Sagua la Grande. Un corazón cargado del más noble de los delirios.

15.09.2011 23:11
La locura, la verdadera locura, nos está haciendo mucha falta, a ver si nos cura de esta peste del sentido común que nos tiene a cada uno ahogando el propio.
Miguel de Unamuno

Por : Yoel Rivero Marín.
Encontrar a La gente de mi pueblo siempre resulta un trabajo gratificante y en ocasiones hasta conmovedor. Son muchas las historias y las vidas sorprendentes que encuentro en la realización de este espacio de Sagua Visión. Los lectores de Sagua Viva tendrán la oportunidad de encontrarse aquí y ahora con un sagüero que en verdad es gente de pueblo, que divaga y sueña con hijos que tuvo o algún día tendrá, con novias a cada paso que lo idolatran por su sensibilidad y amor, que pregona tales delirios a los cuatro vientos y hasta él mismo se llegar a créese este espejismo añorado.
A usted que lee estas letras, le aseguro que no es un ser sacado de la novela de Victor Hugo, que no se encontrará a Quasimodo soñando con Esmeralda y tañendo las campanas de la Catedral de Notre Dame. En Sagua la Grande encontrará a un hombre igualmente encorvado, igualmente enamorado de bellas mujeres, extraviado, marginado y maltratado por el gentío que no se conduele ante su nobleza. Nobleza que descubrí en el instante en que comencé a interpelarlo y permití que él en su perturbado léxico se remontara en el tiempo y me mostrará su vida real, esa vida no conocen aquellos que pasan cada día a su lado y lo ofenden con alaridos y palabras indignas y despreciables. Esa vida que se mostró con imágenes muy vívidas desde el mismo momento que mencionó su verdadero nombre: Gerardo Ángel Hernández Fernández, hasta ese momento solo sabía que le gritaban “Gera”. Nació en Sagua la Grande el 2 de Octubre de 1939 en la Calle Colón, donde su padre era propietario de una Cacilla, como decimos en Sagua al lugar donde se venden diferentes tipos de carnes, la cuál a sugerencia del propio Gera, entregó cuando triunfó la revolución en 1959. El pequeño Gerardo siempre tuvo su problema y era repudiado hasta por el propio padre que muchas veces lo maltrató, al igual que hacía el resto del pueblo que sin contemplaciones le profería los más dolorosos insultos. Así creció y el tiempo no fue misericordioso con él, aún así afirma Gera con orgullo, que ingreso a las Milicias de Tropas Territoriales, que aprendió mecanografía y llegó hasta a dar clases por solo 5 pesos a muchachitas altaneras de su época, que trabajó la artesanía en Sagua y le adoraba crear flores artificiales, muchas veces basadas en los modelos naturales.
El padre decepcionado por el hijo que le dio la vida, a muy temprana edad fue atacado por la arteria esclerosis y nuestro noble Gera, ese “loco”, ese “Chiflado” dedicó el resto de sus días a atenderlo a él y a su madre que también fue víctima de su avanzada edad. Por la calle se les veía, los llevaba a paseos vespertinos y cuando alguno de los dos caía o se encontraba enfermo, todos podían ver a Gera correr buscando socorro , pidiendo la ayuda de aquellos que siempre lo humillaron, pero eso a él no le importó nunca, solo quería cuidar a sus padres como el mejor de los hijos, un hijo maldecido pero con el corazón más puro del mundo. El progenitor muere en muy poco tiempo y allá, en el Hospital “Mártires del 9 de abril” se le podía ver a Gera llorando inconsolablemente por aquel que nunca demostró su cariño, pero que por sobre todas las cosas, era su padre. A la madre continuó atendiéndola impecablemente y cuando sus escasos recursos y sus enormes limitaciones le hicieron difícil el trabajo, alguien sugirió que debía ser internada en el asilo de ancianos de la ciudad. Allá iba Gera cada día y como él mismo afirma: “todos los días yo iba a las 3 de la tarde y le llevaba la comidita, le llevaba el desayuno, por la mañana le llevaba un pan con mortadela, le daba todos los gustos a ella, porque esa fue mi mamá”. Cuando su madre muere a Gera se le unieron cielo y tierra, cuidarla se había convertido en el sentido de su vida y en una mañana todo ese castillo que se había construido se caía en mil pedazos.
Aún así el corazón de Gerardo Ángel Hernández continuó latiendo y se aferró con mayor fuerza en su delirio. Ese día muchos afirmaron, “ahora si Gera enloquece por completo”, pero aún cuando hay quienes no tienen el más mínimo conduelo de faltarle el respeto y alterar su paso por la ciudad, existen muchas personas piadosas que le han brindado la mano, que conversan con él, que buscan los más mínimos vestigios de lucidez y tratan de mantenerlo en este mundo. Cada día se le ve en su paso cotidiano por la ciudad, va desde el hogar de ancianos de la calle Solís hasta su casa ubicada en Céspedes número 12. Dice que no le gustan los hombres con aretes porque eso está mal y muchas veces en el desatino de quienes le agreden, él se precipita hacia un exceso de paranoia, pero siempre encuentra un motivo para recobrar su bondad, ya sea una flor, una anciana que le hace compañía y le da la posibilidad de sentirse útil abundándola o un parque de su ciudad natal, esos que tanto añora y quiere ver hermosos y llenos de flores.
Hoy, a sus 71 años de edad, tengo la oportunidad, el honor de descubrir a Gerardo Ángel Hernández Fernández. Todos los que me rodeaban afirmaban que el loco era yo al decidir enrumbar mis entrevistas de “La gente de mi pueblo” hacia un personaje como él. Agradezco a Roberto García, un amigo que me permitió acercármele y descubrir que la grandeza de los sagüeros también está ahí, en esos corazones que laten, tal vez desvariados, pero llegan a convertirse en los más humanos de nuestra especie.
Este jorobado de Sagua la Grande ama a su pequeño Paris enclavado en el centro de Cuba, sigue delirando por las mujeres hermosas y tal vez un día se sienta el tañer de las campanas y esté la sonrisa de Gera, a quienes muchos catalogan, después de ver mi programa, como la verdadera gente de este pueblo. Para él “Sagua es la maravillosa” y lo respeto, tal vez lo respeto como pienso respetar a muy pocas personas sobre esta tierra.

En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser.

William Shakespeare