El sagüero

08.09.2011 10:47

Cuando Carlos Marx aseveró que la multiplicidad de nexos que intervienen en la conformación de lo concreto no era más que la expresión a través de la cual se manifestaba la unidad de lo diverso, nos daba la clave para comprender, desde su fundación hace hoy 196 años, el devenir histórico de la compleja composición genética del pueblo sagüero, aunque para ser verdaderamente justos nos vemos obligados a reconocer también, en un momento de júbilo como el de hoy a la etnia aborigen, la cual aun siendo sustrato, fue por mucho tiempo olvidada en nuestros pueblos de América, para dar la apariencia como que todo comenzó a partir de la llegada de los conquistadores y colonizadores europeos, situación que se revierte actualmente con los procesos revolucionarios que ocurren en nuestro continente y que ubican en su real dimensión a los pobladores autóctonos de esta querida y añorada parte del mundo.

Es cierto que aquel 8 de diciembre de 1812, entre los fundadores del humilde poblado que era Sagua entonces no había aborígenes, pues estos habían desaparecido del lugar mucho antes de que los colonizadores españoles se asentaran en estas feraces tierras para cortar madera en nombre de los reyes de España, pero cierto es también que cuando el padre Fray Bartolomé de las Casas bautiza este río en 1513 al pasar navegando por su desembocadura, lo hace empleando un vocablo de la lengua aborigen que él castellanizó como Sagua cuando en realidad, ante la interrogante que hace a los autóctonos que lo acompañan en su viaje por el norte de Cuba sobre tal desembocadura, estos les respondieron Cagua, que según la lengua de los aruacos, para ellos no significaba ningún nombre en específico sino el lugar de donde consideraban que brotaba el agua de la manera más espontánea y natural.

Pero también fue cierto, como lo han demostrado los últimos descubrimientos arqueológicos llevados a cabo hace apenas unas semanas, que la atractiva y abigarrada boscosidad de Isla Verde fue escogida mucho antes por nuestros aborígenes para establecer su rudimentario modo de vida. La superposición de los restos materiales de la cultura española sobre los restos materiales de la cultura aborigen nos demuestra como de manera circunstancial lo diverso establece el nexo necesario en el devenir humano. No podemos por lo tanto celebrar la fundación de Sagua como sociedad concreta partiendo solamente de lo español porque aunque no podamos demostrar que por la sangre de algún sagüero de hoy circula también la de los ancestros aborígenes, nos queda como legado histórico su imborrable toponimia que pronunciamos cada día, generación tras generación, estableciendo el nexo con el pasado más remoto de la región. Y así forman parte de nuestras vidas nombres tales como Caguagüa, Jumagüa, Caonao, Magüaraya, y con mayor significación el propio nombre de la ciudad que acoge nuestras vidas, pero con la ese sustituida por los españoles, como para destacar aun más la imbricación con los llegados del otro lado de los mares. También está ese legado en el nombre de las frutas que comemos y que tanto nos gustan, porque las seguimos llamando igual y pongo como ejemplos la guayaba, el aguacate, la guanábana, etc, también en los árboles que nos dan sombra y embellecen nuestros parques, como la ceiba, la útil güira que sirvió de vasijas tanto a aborígenes como a mambises y a mucha gente pobre durante la pseudorrepública, el guayacán, el caguairán, dos especies de las cuales, una guásima y dos algarrobos fueron sembrados hoy con un gran sentido simbólico.

El primer asentamiento de lo que es hoy Sagua la Grande fue en el sitio del río que se le llamó Isla Verde.

Apenas una docena de años después de la fundación, por necesidad del cruel modo de producción esclavista imperante entonces en Cuba, se incorpora al componente social español ya existente en la región, el componente africano, para darle un nuevo colorido a la naciente sociedad. La abolición de la esclavitud en 1886 hizo posible un cierto acercamiento de la población negra a la actividad social de la ciudad aunque aun las posiciones de corte racista de la época los obligaron a concentrase en los barrios que antiguamente se consideraron marginales. Mientras unos iban vestidos a la usanza de sus costumbres y acudían a los actos sociales y religiosos en las edificaciones que se construían para ello, los otros, con menos recursos pero aferrados a sus influencias ancestrales, encontrarían similar mística en los toques de tambor, en las prácticas de ritos ancestrales y construyeron también sus locales para ello y fue inevitable que se fundieran las creencias, como fue inevitable también que la atracción carnal provocara el intercambio de genes y con ello la aparición de nuevos coloridos en la piel de las personas que nacían en las nuevas condiciones sociales. De cualquier forma y en cualquiera de sus complejas variantes, lo negro quedaría para siempre en estas tierras.

Nuestro poeta nacional, Nicolás Guillen, supo vestir de poesía este desgarrador proceso: "Sombras que solo yo veo, me escoltan mis dos abuelos" "Lanza con punta de hueso, tambor de cuero y madera, mi abuelo negro" "Gorguera en el cuello ancho, gris armadura guerrera, mi abuelo blanco" "¡Federico!, ¡Facundo!, Los dos se abrazan, los dos suspiran, los dos las fuertes cabezas alzan, los dos del mismo tamaño, gritan, sueñan, lloran, cantan".

Lo chino vendría un poco después, a partir de mediados del siglo XIX cuando los colonos procedentes de ese inmenso país se importaron en grandes cantidades hacia esta región, ante el peligro que significaba para la economía azucarera las amenazas de supresión de la esclavitud Después seguirían llegando paulatinamente por su propia voluntad durante la primera mitad del siglo XX, siguiendo el rastro de los primeros. Aquí fundarían sus colonias en las cuales mantenían vivas sus costumbres y tradiciones. A pesar de esas diferencias socioculturales, la guerra por la independencia de Cuba contribuyó aun más en ese lento proceso de búsqueda de una única identidad. Españoles, negros y chinos combatieron juntos en esa contienda militar. Con el aporte étnico-cultural chino se haría mucho más complejo aun lo que el sabio cubano Don Fernando Ortiz denominó con mucho acierto el "ajiaco cubano" haciendo referencia al típico plato, en el cual por diferentes que sean la viandas que se le echen, una vez cocido, sabemos que cada vianda está incorporada al mismo pero no sabrá a ninguna en específico. La mezcla de temperamentos, de diferentes modos de ser, de genes, de costumbres y expresiones culturales tan diversas, iría conformando lenta pero inexorablemente, un nuevo y único colorido muy especial en todas las esferas de la vida social que va a estar marcado por la unidad de lo diverso. A partir de entonces durante ese complejo proceso de desarrollo ascendente, lo que conocemos hoy como sagüero en general, se iría haciendo paulatinamente menos español, menos negro, menos chino, para pasar a ser una masa peculiar con un nuevo sabor, una nueva forma de ser, diferente a todas los anteriores, ¿Cuál ? Nunca se podrá definir con exactitud, Pero el asunto es mucho más complejo de lo expuesto hasta aquí porque a 196 años de la fundación de la ciudad ese proceso jamás se ha detenido, más bien se ha complicado aun más con la llegada de portadores genéticos de otras latitudes diferentes, incorporando con ello al viejo "ajiaco" otros componentes para hacer de este fenómeno sociocultural algo peculiar con mas sabor aun. Así, durante todo el siglo XX y lo que va de este, se han aplatanado en nuestra querida ciudad, genes sirios, libaneses, mexicanos, filipinos, franceses, búlgaros, japoneses, rusos, ucranianos, laosianos, haciendo posible que hoy podamos decir, llenándonos de orgullo, que somos el producto de tanta complejidad y que ni tan siquiera nos hemos dado cuenta de cómo ha ocurrido todo eso.

A 196 años de existencia ¿qué es hoy la población sagüera?, pues una enmarañada madeja de tradiciones diferentes que perdieron, en un complicado proceso de transculturación, sus originarios modos de ser para alcanzar una nueva categoría existencial que expresa con vehemencia la unidad de lo diverso con características especiales que exhiben un aspecto muy singular de lo cubano.

Respetemos lo aborigen, lo español, lo negro, lo chino y lo de no sabemos cuántas naciones más, pero interioricemos que somos ahora una sola colectividad enfrascada con el resto del país en construir una nueva sociedad, diferente a todas las anteriores, sociedad en la que la unidad de lo diverso planteada por Carlos Marx adquiere su dimensión más universal haciendo de Sagua un pequeño planeta tierra. Eso nos hace más humanos. ¡Este es el ajiaco sagüero!