Leyenda del Ciclón del 88 en Isabela de Sagua

09.09.2011 00:01

En la amplia desembocadura del río Sagua la Grande se encuentra el pueblo de Isabela, también llamado boca de Sagua. En el año 1888 se desarrolló allí un fantástico y terrible ciclón.

Cerca de la Isabela hay una playita llamada Casa Blanca muy hermosa y bella, llena de casitas blancas que hermoseaban el paisaje. El comandante del puerto de la Isabela avisó a los habitantes de la playa para que desalojaran y fueran a guarecerse en Sagua. No le hicieron caso. El tiempo era tan bello, el cielo tan azul, que era imposible creer que llegara el ciclón.

En unas horas la sonriente cara del sol se oscureció, el viento sopló con furia, las olas llegaban al cielo. Cundió el pánico en el pueblecito. La furia del huracán crecía con la caída de la tarde; ya no había tiempo para obedecer las ordenes del comandante. Los niños, mujeres y hombres corrían desolados de un lado a otro, el mar embravecido entraba furioso en las casas y arrollaba cuanto se ponía en su camino.

Cuando el huracán calmó su furia, el pobladito había quedado reducido a un cementerio sin sepulturas. Por donde quiera aparecía una madre abrazada a su hijo entre los escombros, hombres sepultados en las arenas, niños muertos con caras de terror. Un solo niño se había salvado, apareció envuelto entre frazadas. ¿Qué milagro era este? … El niño contó que fue guiado por una mujer bellísima, vestida de blanco con un velo flotante, largo, muy largo.

Ella lo había tomado en sus brazos y lo había conducido sano y salvo a la Aduana de la Isabela. Esta mujer era la virgen del Carmen, patrona de los isabelinos. El niño fue recogido por unos aduaneros que prestaban auxilio y que acudieron al sentir un llanto. Creció y se hizo hombre. Aún vive y se le conoce con el nombre de Juan el Muerto, por la leyenda que envuelve su salvación.